Alguna vez escuché que la palabra esperanza venía de esperar; sentarse pasivamente con la expectativa de que las cosas se den por sí solas. La verdad eso me suena más a fatalismo que a esperanza. Es precisamente ese fatalismo, el que hace que las cosas no se den. El fatalismo dice "que sea lo que Dios quiera," sin preocuparse por realmente averiguar que es lo que Él querría, sin asociarse con Él para que eso suceda. Eso para nada es esperanza.
La esperanza verdadera es activa. Es saber que sin importar la circunstancia presente, algo mejor está por venir, algo bueno va a resultar. No a manera de castillo en el aire o sueño guajiro, sino con los pies en la tierra y las alas listas para volar. La esperanza ve lo bueno de una situación y se agarra de eso para expandirlo. La esperanza es lo que hace que no te des por vencido, cuando parecería lo más lógico, o lo indicado; es esa fuerza que te mantiene en la carrera, porque puedes ver la meta.
Mi papá siempre me decía, "lo peor que me puede pasar es que me vaya mejor," y a lo largo de la vida lo he comprobado; cuando las cosas no han funcionado de la forma que yo quería, siempre se presentó después una mejor oportunidad, un nuevo sueño, una nueva dirección.
Nuestras circunstancias no nos definen. Nos define nuestra capacidad de creer, nuestra tenacidad y nuestra perseverancia. No nos define lo que nos pasa, sino cómo respondemos a lo que nos pasa.